NOSTALGIA DEL GATO

Texto y Fotografías: Carlos Manuel Cruz Meza



Dice Jorge Luis Borges que Dios creó a los gatos para que el hombre pudiese saber qué se siente acariciar a un tigre. En contraposición, el Diccionario Larousse de la Lengua Española define:

Gato, gata. S. Pequeño mamífero carnívoro, generalmente doméstico, de cabeza redonda, cola larga y pelaje suave.

Sabemos que es un felino cuadrúpedo de largos bigotes y que su nombre ha dado origen a otros significados: el gato hidráulico, que permite levantar grandes pesos a poca altura; la “gata”, forma despectiva de nombrar a una empleada doméstica; el “gato”, un empleado generalmente de menor nivel; andar “a gatas” o “gatear”, transportarse por el suelo con manos y rodillas; “cinco gatos”, muy poca gente; “dar gato por liebre”, hacer pasar una cosa de poca calidad por otra de calidad superior; “buscarle tres pies al gato”, complicar o evadir una situación; “pobre gato”, persona pobre, material o espiritualmente; “tener más vidas que un gato”, poseer capacidad de supervivencia; “ser una gata”, mujer astuta e inescrupulosa; “gatuperio”, intriga; “gatos”, sinónimo de ladrones, o un juego con rayas, cruces y círculos.



Los gatos son los bandidos del reino animal. Adorados en diversas culturas (por antonomasia la egipcia, donde predominaba la diosa Bastet, con cabeza de gato, y en la cual estos felinos acompañaban, desecados, a los faraones durante su viaje mortuorio), muchas civilizaciones hicieron de estos felinos parte esencial de sus mitologías, religiones, tradiciones tribales, costumbres o folclor. Odiados en épocas diversas de la Historia humana, temidos y respetados, han sido constantemente una representación simbólica de variables características (defectos o virtudes), inherentes al ser humano.



Si la mítica Ciudad de los Gatos en Egipto y su similar italiana constituyen ejemplos claros de la integración que este animal ha tenido dentro de la vida humana (en la primera se hallaron miles de gatos momificados, y en la segunda viven cientos de felinos que son alimentados por los habitantes de los pueblos vecinos), no debemos por ello olvidar que, durante siglos, fueron perseguidos, odiados, diezmados y satanizados por supersticiones, que afirmaban que los gatos negros causaban mala suerte si se cruzaban en el camino de alguien, o que eran brujas escondidas, o vampiros metamorfoseados, o que robaban el aliento de las personas (especialmente de los niños) durante la noche. Dice Rilke en un texto:

¿Quién conoce a los gatos? ¿Podría ser, por ejemplo, que usted pretendiera conocerlos? Yo confieso que, para mí, su existencia no ha sido nunca más que una hipótesis bastante arriesgada...



El gato es independiente por naturaleza. Fiel a sí mismo, es encarnación de un acartonado arquetipo masculino; responde a instintos básicos, gusta de ser acariciado y consentido, es infiel y promiscuo, amable y seductor, pero rara vez suele entregarse más allá del simple cuerpo. Un gato no ama ni se encariña más que por propia conveniencia; es incapaz de darse sin cortapisas, de asumirse como pertenencia. Rasguña y muerde la mano que lo alimenta, abandona al amo o a la ama, se pierde en la noche en busca de aventuras, fornica sin remordimientos, preña sin consideraciones a la gata que lo permita y en ocasiones no regresa. Encuentra una muerte violenta, acorde a una vida errante. Falso que tenga siete (o nueve) vidas, y si las tiene, las gasta muy rápido.



Los gatos, sin embargo, son leales en lo que se refiere a su ambiente, al entorno doméstico. Siempre vuelven a la casa, aunque sus "amos" ya no estén en ella. Sobran los ejemplos de mininos llevados como mascotas a otras ciudades y que, respondiendo a un instinto aún incomprensible, retornan al antiguo hogar, a veces tras viajes de cientos de kilómetros, sin importarles el sitio donde se hallen sus protectores.



La gata también posee ese sentido de la irresponsabilidad, ese deseo jamás satisfecho, esa libertad natural y felina de saberse autónoma. La gata es suave, dulce, pero en ocasiones responde con violencia, a veces innecesaria. Dueña de sí misma, no sabe rendirle cuentas a nadie y su entrega, voluntaria pero no completa, nunca resquebraja su autonomía. Puede permitir el sometimiento, pero nunca la esclavitud. Sin embargo, es también tierna y cálida cuando lo desea. Solitaria por naturaleza, transforma su entorno de acuerdo con sus deseos y casi nunca da cabida en su existencia a algo que pueda impedirle continuar su camino. La moralina colonial novohispana acuñó un dicho que retrata el temor a estas hembras y refleja una condena sexista: "Entre la mujer y el gato, ni a cual ir de más ingrato".



Sus ojos son legendarios por la visión nocturna que poseen. Sus garras son temibles, sus dientes afilados semejan dagas, su pelaje erizado implica una amenaza palpable, su miembro desgarra sin reservas, su lengua rasposa lastima hasta el ardor, sus pisadas son imperceptibles. Su equilibrio causa asombro, así como su capacidad para caer de pie.



También son portadores de diversas enfermedades (como el virus de la toxoplasmosis, que se adquiere al estar en contacto con su excremento, y que provoca daños genéticos irreparables cuando una mujer se embaraza), o el hongo del gato, presente en el pelaje y que puede causar el llamado miembro de madera, enfermedad en la cual alguna parte del cuerpo se gangrena y adquiere una tonalidad semejante a la de la corteza de un árbol. Causan alergias y su excremento, de hedor insoportable, causa más enfermedades que la de cualquier otro animal, y son transmisores también del piojo blanco, las garrapatas, la escabiasis (sarna), los hongos, la hidrofobia y la conjuntivitis, entre otros males.



Los gatos son inteligentes y astutos, quizás más que los perros, los siempre leales perros. Los perros fueron domesticados hace catorce mil años, contra los apenas dos mil que el gato lleva conviviendo entre nosotros. Si el perro es ejemplo de fidelidad y encarna valores familiares, el gato representa la independencia y la aventura. Es el malo de la película; de todas las películas. El burlador al que sólo combate y vence (al menos, en las caricaturas) el clásico paladín de la cultura judeocristiana: el inocente o el débil, sea un ratón (como Speedy González o Jerry, o incluso Scratchy dentro de la caricatura Los Simpson) o un canario (Tweety / Piolín contra Silvestre).



Pero en los dibujos animados también hay gatos más cercanos a la realidad. El gato Félix y su obsesivo apego no exento de connotaciones zoofílicas hacia la erótica Betty Boop, la despampanante muñequita de ojos enormes y pestañas rizadas que en los veinte causó sensación en Estados Unidos y en México obtuvo su marca de refrescos durante los sesenta, los Lulú. Garfield y su ácido sentido del humor, opuesto a la bobería de su dueño y del perro Oddy, al que usa como patiño. También Don Gato y su pandilla de mininos listos (Cucho, Benito Bodoque, Demóstenes, Espanto y Panza).



Pero el máximo representante de estos animales en los llamados Dirty Comix Undergrounds, o sea, los cómics para adultos, es Fritz el gato, un ejemplar francés que estudia en la Universidad de La Sorbona y se la pasa en continuas parrandas, metiéndose alcohol y ácido, cogiendo como loco y enfrascado en orgías organizadas en una enorme tina romana con todo tipo de animales, hasta acabar asesinado con un picahielo por una cigüeña celosa. Fritz el gato es cinta emblemática de los sesenta y hasta la fecha un clásico de los dibujos animados, además de tener una continuación: Las nueve vidas de Fritz el gato.



Al humanizar al gato, obtenemos personajes como la ardiente prostituta Selina Kyle quien, tras diversos eventos, se convierte en la villana Gatúbela en los cómics de Batman (recordemos si no su papel como proxeneta en la novela gráfica El regreso del Caballero Nocturno (The Dark Knight Returns), considerada por muchos la obra maestra del cómic). Y en el Hombre Araña, vemos a la experta ladrona Felicia Hardy, quien se convierte en la primera amante de Peter Parker y que se bautiza a sí misma como La Gata Negra.



El cine es también asaltado por este tipo de felinos. Desde la cinta El ojo del gato (donde estos animales le roban el aliento a los niños por la noche) hasta el implícito mensaje humano contenido en el título de la película La verdad acerca de perros y gatos; la execrable historia de Walt Disney Productions, El gato que vino del espacio; las caricaturas de los Thundercats; los célebres Aristogatos de Walt Disney; el gato de enormes ojos de Pokémon; o la encarnación del Gato con Botas con voz de Antonio Banderas en la segunda entrega de la cinta Shrek. Y en la televisión, no se puede omitir aquel curioso capítulo de Dimensión desconocida titulado “Gato y ratón”, donde un minino se transforma en hombre durante las noches y ama hasta la saciedad a sus dueñas de turno, para al final abandonarlas; esta historia concluye con la venganza de una de ellas: cuando el tipo se encuentra en su forma gatuna, ordena que lo castren.



Morris, el gato anunciante de las Whiskas, es una verdadera celebridad. En el teatro, hablar de la obra Cats es hacerlo de un clásico contemporáneo. Y en las artes plásticas, el gato se convierte en un tema recurrente. Obvio el ejemplo de José Luis Cuevas y su Gatomaquia. También la pintora y diseñadora Patricia Blanco aborda el tema de los gatos asesinados en uno de sus cuadros: “Los Mártires Felinos”. En la medicina destaca la célebre “uña de gato”, que supuestamente es eficaz en el tratamiento contra el cáncer. Y en la gastronomía, las “lenguas de gato” (chocolates de forma elíptica). Hay peces gato, hay una planta así llamada, hay multitud de logotipos e imagotipos que los utilizan.



Un viejo chiste habla además sobre la diferencia entre perros y gatos. El pero mira a su amo y piensa: “Este ser me cuida, me pasea, me cura, me mima, me da de comer… ¡Debe ser Dios!” El gato en cambio piensa: “Este ser me cuida, me pasea, me cura, me mima, me da de comer… ¡Debo ser Dios!”



La música popular encuentra ejemplos por doquier, que van de lo execrable a lo antológico, del kitsch al romanticismo ramplón, de lo fresa a lo populachero: en el principio están el grupo llamado Los Gatos; Thalía con su canción “El baile de los perros y los gatos”; Fey y sus “Gatos en el balcón”; Roberto Carlos y “Un gato en la oscuridad”; Amanda Miguel y “El gato y yo”; Dulce y “La gata bajo la lluvia”; Lazcano Malo y sus "Cuatro gatos que no dejan dormir"; el inolvidable Chava Flores con “El gato viudo”; las interminables alusiones a estos felinos por parte de Joaquín Sabina; y Francisco Gabilondo Soler “Cri Cri” con su Micifú (que aparece en “El gato carpintero” con la cola clavada, y regresa acompañando a la abuelita en “El ropero”), con el gato de bigotes untados de manteca, o el gato de barrio “pobre y trabajador”:

Un gatito me decía: “Yo soy de barrio,
de un barrio pobre y trabajador;
y me lavo la cara con saliva
y luego salgo a echarme al sol”.





Es en la literatura donde la figura de este animal se consagra y refleja sus facetas más oscuras. En los tiempos medioevales, se condena al gato desde la misma Inquisición, y en el oscurantismo inglés se edita el célebre libro Maelluss Maleficarum (traducido como Martillo de Brujas), en el cual se señala al gato como responsable directo del contacto carnal entre las mujeres y el demonio. Por esta época se populariza el concepto de los gatos como familiares (nombre dado por las brujas a la encarnación del diablo cristiano en los felinos). Los familiares poseen secretos que les comunican a las hechiceras, practican con ellas el bestialismo, y sirven como ayudantes y secuaces de las mismas. Quemar gatos es entonces tan común como quemar brujas. Igualmente, las diversas partes del cuerpo de estos seres son utilizadas como ingredientes en las pócimas y embrujos más diversos.



Siglos después, Charles Perrault crea, en El gato con botas, el ejemplo del felino inteligente y burlador. Edgar Allan Poe le da al gato un lugar preponderante en la literatura de horror al escribir su relato "El gato negro", donde el felino Plutón y su sustituto son responsables de que se descubra un crimen terrible cometido por el protagonista.

Una noche, al regresar a casa, muy embriagado, de uno de mis lugares predilectos del centro de la ciudad, me imaginé que el gato evitaba mi presencia. Lo agarré y, asustado por mi violencia, me mordió levemente en la mano. Al instante se apoderó de mí la furia de un demonio. Ya no me reconocía a mí mismo. Mi alma original pareció volar de pronto de mi cuerpo; y una malevolencia más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Saqué del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí, sujeté a la pobre bestia por la garganta y ¡deliberadamente le saqué un ojo! Siento vergüenza, me abraso, tiemblo mientras escribo de aquella condenable atrocidad.



En la novela La noche de los mil gatos (llevada posteriormente al cine en una espantosa adaptación mexicana protagonizada por Hugo Stiglitz), los felinos son alimentados con carne humana y se convierten en feroces depredadores. El gato de Chessire en Alicia en el País de las Maravillas da el toque eterno al misterio y lo indescifrable de la personalidad gatuna con su sonrisa que, al desaparecer el animal, es lo único que queda, junto con sus ojillos diabólicos. Es memorable aquel párrafo donde le dice a Alicia:

—Yo no quiero estar entre locos —-señaló Alicia.
—Oh, no puedes evitarlo —-dijo el Gato de Chessire—. Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco, tú estás loca...
—¿Cómo sabes que estoy loca? —preguntó Alicia.
—Debes estarlo. De otra forma no habrías venido aquí.




Sir Arthur Conan Doyle (el creador del detective Sherlock Holmes) escribe El gato salvaje, relato sobre un felino de proporciones inmensas. Y en México, Juan García Ponce publica su novela El gato, polémico relato que hasta hoy es discutido por su naturaleza. La escritora regiomontana Ofelia Pérez Sepúlveda publica en su blog un texto en el que afirma:

Toda persona que ha convivido conmigo más allá del trabajo y de las lecturas de poesía sabe que detesto a los gatos. No es una traba de empatía gratuita, me provocan alergia. Y, sin embargo, siempre han estado ahí y siempre signados por un sueño astral en el cual un venado cruza el tejado de la casa de visitas que hay al interior del hogar de mis padres. Un venado sobre el tejado de una casa en el área metropolitana de la ciudad de Monterrey. Yo me incorporo. Mejor dicho, trato de hacerlo, pero mis miembros son torpes. Es entonces que escucho el ronroneo de una manada de felinos recostados en mi cama. Eso fue entre la preparatoria y la carrera. Pues bien, en el verano del 2004, no sé a fuerza de qué capricho, obsesión o mensaje subliminal alguien tuvo la inédita idea de bautizarme con el mote de "Gato". Por supuesto que quienes me conocían replicaban al instante: "No tiene nada de gato". "Los gatos no tenemos casa ni dueño" dicen los que dicen que saben de animales domésticos. "Los gatos son animales sagrados", dicen los que gustan de la cultura egipcia. Yo digo que gato o venado, pantera o pato, osito koala o snoopy, cada uno de nosotros es la idealización de una mirada…



Los cuentos producen extrañas visiones sobre el gato. Eloína Hernández Pérez publicó en su libro de cuentos de terror:

Había un gato siamés que se la pasaba ronroneando a los pies de la inválida, hasta el día aquel en que la inmaculada sobrecama amaneció asquerosamente húmeda y con trozos de carne sanguinolenta esparcidos sobre ella. Con la lengua enrojecida, el gato se relamía goloso, mientras en la cocina alguien buscaba afanosamente el envoltorio de los bisteces de hígado.



Por su parte, Frida Mazzotti recuerda en su texto “Ángeles”:

Así como hay ángeles, querubines, serafines y arcángeles, para los gatos debería precisar también una denominación angelical. Son pequeños, breves seres celestiales enviados a la tierra por el Creador para acompañarnos en nuestro camino mientras retornamos al hades, junto con ellos, llevándonos de sus bigotes al compás de su ronroneo sin fin. Desde que nací, hubo gatos en mi casa: dormía de repente alguno de ellos en mi cuna, y en la cuna de mis hermanas, y luego en la cuna de mi hija y según lo creo, dormirán en la de mis nietos. ¿Cuántos? ¿Cuáles colores? ¿Viejos, recién nacidos, tuertos, de pedigree, callejeros, adoptados, comprados, regalados, vendidos? Pardos, pintos, grises, ¡negros!, dorados, gordos, flacos, largos, chiquititos… Me atrevería a decir que no he dejado de tener a ningún gato del mundo, representado en todos los que han vivido junto a mí, conmigo. Por mí y yo por ellos. Compañeros sin fin de cada momento de mi vida, que siempre piden algo a cambio: comida, juegos, calor, compañía. ¿Qué de diferente tienen respecto a los humanos? ¿o a los perros? ¿o a los monos? ¿a los pájaros? a los peces? Nada. Sólo que son defensores fieros de su personalidad, la que no someten ni abaratan. Nada…



El poeta Ramón Rodríguez realiza un texto memorable: “Así habló Carasucia”, donde compara a los perros y los gatos:

Compartí durante mucho tiempo mi morada terrenal con un perro y un gato, y su conducta tan divergente me intrigó sobremanera. Un amigo filósofo, consultado al respecto, no me sacó de mi perplejidad; por el contrario, la incrementó considerablemente cuando me dijo, es que el perro es un empirista irredento, atenido exclusivamente a su sensedata, y en cambio el gato es un idealista trascendental de corte neokantiano.
Otro amigo, economista con gran solvencia económica, opinó que todo se reduce a un problema de oferta y demanda. Según lo que alcancé a comprender, el perro es un oferente, sobre todo de afecto, y el gato un demandante, sobre todo de leche fresca y ultramarinos caros, lo cual puede ser aceptado con ciertas reservas, por ejemplo, en el sentido de no confundir al felino, dadas sus reconocidas características de selectividad y discernimiento, con un consumista vulgar.
El gato está investido de libertad, independencia, autonomía. Esboza al través de sus llameantes y bien decorados ojos, una evidente voluntad de poder, es dogmático y pretende estar al día en todo. Si tuviera necesidad de ropa, ésta sólo la usaría siendo importada (o cuando menos de fayuca evidente).
El perro, en cambio, es un animal comprometido con la sociedad civil, en realidad de extrema izquierda, aun cuando esta condición se nos oculte bajo su ostensible respeto a las instituciones domésticas, y dejando de lado definitivamente a los malintencionados que lo adscriben a la línea política del partido oficial, debido a su inocente tendencia a dirigirse siempre al sol que más calienta.
También, aunque ustedes lo duden, tengo un amigo teólogo, que enredó más el asunto insinuándome que el gato no es sino un ángel caído, arrojado desde el empíreo hasta la vecindad de los fogones terrenales, condenado a compartir con las siervas de los humanos la ubicación en la escala ontológica y aun el nombre genérico. Todo ello como castigo a una diabólica arrogancia que le inducía, allá arriba, a ocuparse exclusivamente de lamer y relamer su peluda belleza, con notorio desdén para la bienaventurada pero diligente y laboriosa comunidad celestial.
Yo respeto mucho esta última consideración, pero desde luego la califico de improbable, sobre todo cuando observo, con mal disimulada envidia, la enorme facilidad del gato para evitar todo lo que pueda desestabilizarlo, al recorrer las soberbias alturas de los tinacos en la azotea.
Más convincente me parece la tesis que mi amigo desarrolla en relación con el perro, la cual lo aboca a esperar tranquilo las trompetas del Juicio Final, pues está predestinado, en la ya no tan lejana consumación de los siglos, a echarse confiado, por toda la eternidad, a los pies pero a la diestra de su Señor.
El perro acapara elogios por su innegable inteligencia, pero en el fondo, siempre será un analfabeta funcional. En cambio, yo no descarto del todo mi esperanza de que el gato aprenda algún día a Baudelaire, y aun a escribir, si así le place.




En “El sueño del gato”, el colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño narra:

Una mujer soñó que tiraba a un gato negro a un pozo y que se olvidaba de él. Seis semanas después soñó (en el mismo sueño) que regresaba al pozo y veía en el fondo al gato, todavía vivo. El gato abría y cerraba el hocico, del cual no salía sonido alguno. La mujer pensó que había sido en extremo inhumana y que era necesario tener algo de compasión por esa criatura de Dios. Pensó en dos posibilidades: tirarle una gran roca y aplastarlo, o meterse al pozo y sacar al gato para dedicarse a cuidarlo hasta que se recuperara. Estaba en esta encrucijada cuando despertó. Por un instante pensó que había sido injusto dejar al gato allá en el fondo, pero luego recordó que todo había sido un sueño y que los gatos de sueños no sufren. Sin embargo, durante todo el día la mujer siguió pensando en el gato, sabiendo que de alguna manera se sentía culpable, aunque no hubiera razón razonable alguna. Cuando se acostó a dormir la noche siguiente pensó en el gato y rogó que retornara la pesadilla, en la que estaba dispuesta a tomar alguna determinación con respecto al animal. No obstante, esa noche no soñó con el gato. Ni la noche siguiente, ni la siguiente. Y el sentimiento de culpa de la mujer crecía. Al sexto día despertó con un dolor de cabeza insoportable. Supo que se iba a volver loca si no hacía algo. Entró a la buhardilla donde su esposo yacía enfermo desde hacía ya tanto tiempo que ni siquiera se acordaba de días menos tristes, abandonado ahora por la decisión de su esposa. El hombre apenas si tuvo fuerzas para abrir los ojos. Vio que su esposa se acercaba, que lo observaba con inexplicable expresión. Que se sentaba al borde de la cama, le acariciaba la frente y luego, tras darle un beso en la mejilla, colocaba sus manos sobre su cuello y presionaba hasta hacerle extraviar el último aliento. La mujer cerró dulcemente los ojos del cadáver de su esposo. Luego se acostó a su lado y pudo dormir como no lo había hecho en los años que duró la enfermedad del que ahora descansaba en santa paz.



La fotógrafa y escritora Nirvana Paz publicó el texto “El gato”, parte de una extensa serie de relatos sobre un personaje autobiográfico llamado “María”:

María vive sola, así lo decidió, mas no le gusta el silencio que su vida provoca en esa, su casa. Anda de aquí para allá; el ritual de la limpieza absorbe las pocas horas que pasa en ella. Llena de detalles el tiempo, pero la quietud ensordece su libertad. No se dio cuenta cuando él llegó y se instaló. Nunca fue tímido; ya había ganado terreno pese a los gritos. María no le provocaba ningún temor. Parecía adivinar la necesidad que ella albergaba de tener una compañía aunque lo negara. La negativa de admitirlo en su espacio, los escobazos y piedras que le lanzaba sólo lo acercaba más, pues él siempre regresaba. Amante del orden, se arriesgó a vivir sola; no quería encontrar ni un pelo en la comida o verlo en todos lados, en los asientos más cómodos o hasta en su cama. Sin desearlo, comenzó a descubrirse poniendo comida y dedicando ese su silencio a observarlo y poco a poco a quererlo, a extrañarlo. Hoy, al final del día, María duerme con él a su lado. A veces se pregunta si puede mentirle, si él la engaña y sólo viene por alimento y un lugar donde acurrucarse. Basta acariciarle el vientre, mirar sus ojos azules y arrullarse con su ronroneo para, sin preguntar nada, dormir tranquila. Le gusta agregar en la alacena su comida, dar algo por alguien que agradecido se frota entre sus piernas. Él la mira durante horas, al igual que ella; se miran y miran hasta que el hablar se vuelve innecesario. El concepto de inteligencia o instinto, desde que él existe, ha cambiado totalmente para sí. No se sorprendió cuando cada vez llegaban más; de todos lados acudían a su casa, blancos, negros, pintos, pues sabían que alimento y calor ahí se les ofrecía, a cambio de dar compañía, de romper el silencio...



Pero donde sin duda este felino se consolida como portador de la oscuridad es en la novela Cementerio de mascotas, aparecida en 1979 y surgida de la pluma del novelista Stephen King. En esta obra, un joven médico descubre la existencia de dos cementerios ubicados en un bosque situado a espaldas de su casa. El primero es el "Cementerio de mascotas", bautizado así por los niños y en el cual estos han enterrado a sus animales durante generaciones. El segundo, ubicado aún más lejos, es un campo¬santo sagrado de los indios Micmac, donde se oculta un extraño poder: todo aquello que es enterrado allí, resucita y regresa al lado de sus seres queridos. Al morir atropellado el gato de su hija, un felino llamado Church, el protagonista decide enterrarlo allí para resucitarlo, pero no cuenta con las consecuencias de sus acciones, que lo conducen a un periplo obsesivo y cruel, en una de las mejores novelas de terror que se hayan escrito.



En la poesía, Jorge Lobillo escribió:

Nunca olvidarás aquel gato encontrado en el jardín.
Dos escamas de agua endurecida eran sus ojos.
Fue en una mañana sola –gris rosa deshojada-
que apareció sepultado de rocío y nadie
pensó en ese golpe áspero dado al amanecer.
¿Qué manos emisarias, desde arriba, lo empujaron?
¿Cuál ambiente cósmico no pudo favorecer
al silente terciopelo engreído de las patas?
¿En qué todopoderosa fábula lo silenciaron?
Morirás escudriñando el lenguaje y no sabrás nada.
Sólo que siete vidas no lograron sustentarlo.




Celia del Palacio afirma en uno de sus poemas:

Rabiosa está la noche en tu pelambre atrapada,
instinto animal sofocado por una fidelidad que no comprendes.
Qué seda tu piel negra.
Qué caleidoscopios tus ojos amarillos.
Un gato, más que maullar, aúlla en tus entrañas,
desgarra el frágil envase de tu cuerpo.

Deseo, imposibilidad
laten en tu desolado grito.

Tu gato es un pequeño monstruo impotente
al final del camino sobre un cedro.
Tu gato es una provocadora silueta
que recorta la luna redonda de cristal
en tu mesa de noche
donde hábiles gitanas
han predicho tu futuro y mucho más.
Ese futuro del cuál un hombre
ha logrado escabullirse sin cerrar la puerta.

Felino, grande, rubio, seguro de ti
rehuyes huraño la caricia,
ronroneas muy bajito
al pedir la comida
o cuando satisfecho
sacas el mejor partido
de mano asustadiza
que se aventura a la curva acaramelada
de tu lomo suave.
Cuando quieres
(y poco quieres)
me favoreces arqueándote entre mis piernas.
Leve, muy leve el contacto de tu pelambre
a la vuelta de insomnes madrugadas
que obsesivamente cortejas.
En los callejones lluviosos del verano
se te oye maullar fuerte,
reclamando presencias innombrables
de la niebla y de la noche,
en exigencia atávica que me está vedada.
Necesidad que sólo la ventana abierta,
que sólo la libertad total de iridiscentes cielos
que el verano pinta de rojo
en las verdes paredes de la noche,
que sólo otros de tu especie,
que no yo,
que jamás yo, podré satisfacer.
¿A qué especie maldita e impedida pertenezco?
Condenada estoy:
artera, aunque desprovista de malicia,
tu afilada garra me ha roto el corazón.




El poeta Mauricio Molina Delgado, en su libro Mare Monstrum, escribe sobre los gatos:

Seréis
como ángeles sin alas
especies y no cuerpos solitarios.

Desde dioses persas
hasta siluetas en el fuego
que saltan entre los focos de los autos.
Llorando entre torturas
pagando el pecado de ser hermosos.

Habría deseado
que volvierais a ser brujas
compartir con vosotras
vino y lecho.




Jorge Brash dice en “Otro gato para Tania”:

A veces me pregunto
¿cómo el gato?
No qué es ni por qué
ni dónde vive,
ni cuándo su silueta se cohíbe
entre el árbol del sueño
y el retrato que le hace su sombra.

No es sensato
indagar en su mundo hasta el declive
que nos lleva a abrevar
en el aljibe
de su mirada atenta.

Pasa un rato
a los pies del crepúsculo: se apresta
a ver cómo la mansa luz del día
y la noche lo envuelven, se hacen una.

Como amigo
del sol y de la luna,
el gato oculta más en una siesta
que un compendio total de astrología.




En “Sacrificio a un dios inexistente”, Frida Mazzotti apunta:

Ocurrió como el final de una corrida de toros,
cruel, dramático, ineludible.
Una fiesta quirúrgica,
sin sangre ni lamentos.
Un solo corazón batiente,
desbocado, aniquilado desde ya.
Rodeaban el cadáver cuatro gatos gordos.
La lagartija boca arriba:
cuatro patas engarrotadas;
de su vientre, recientemente herido,
brotaba una tripita granate,
tornasolada, minúscula,
casi inexistente.
Al escuchar mis pasos,
los cuatro pares de ojos
voltearon a un solo y fatídico tiempo.
Ni rabo ni oreja.
Todo había terminado.




Martín Ramos se pone futurista cuando publica, en 1996, “Este era un gato”:

Este era un gato
con ojos implantados,
la piel de un lagarto
y órganos injertados,
los colmillos de una morsa
y, adornando su frente,
los cuernos de una corza...
sobrándole un diente.
Este gato mutante
es la mascota magnífica
para un niño, clon infante
de la ingeniería genética.
Un niño de veinte padres
implantado en varios vientres,
hijo de nueve madres
y muchos otros parientes.
Su piel (casi toda) es blanca
excepto las manos negras,
lo amarillo de su espalda
y ese par de orejas feas.
Dicen es muchacho guapo
aún con ojos al revés
y codos cosidos cual trapo.
¿Quieres que lo clonemos otra vez?




Aunque quizás nadie lo definió mejor que Jorge Luis Borges, quien, en su poema “El gato”, apuntó:

No son más silenciosos los espejos
ni más furtiva el alba aventurera;
eres, bajo la luna, esa pantera
que nos es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable de un decreto
divino, te buscamos vanamente;
más remoto que el Ganges y el poniente,
tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la morosa
caricia de mi mano. Has admitido,
desde esa eternidad que ya es olvido,
el amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
de un ámbito cerrado como un sueño.


15 comentarios:

Frida dijo...

Hola Amor: Me encanta este escrito tuyo.!Todo acerca de los gatos, mis mascotas favoritas desde que nací!. En las fotografías que colorean tu texto aparecen gatos que nos pertenecieron como Iskra que acaba de morir y del que pones en esta misma página un memorial.Gracias. Además están otros dde nuestros gatos: Panchita la de los colmillos, Mambrú el grandote. Gattiti el gato plano jajja, a sus hijitas: Poqueroncio Rollito y Alebrije Tití(!me encantan estos nombres!, los gatos de Constanza: Gati y Calabaza,Tiresio el de los ojos brillantes en el techo,Laurasa, las gatitas de mi mamá: Caritina y Marina, Absalón el que baja las escaleras, Cachito el de mi hermana Honorata, el gato de Salvador Cruzado,Zetita, Ye,Blink alias el Gato Muerto, y Equis. Además tú tienes una colección fotográfica hermosísima de gatos desconocidos que valdría la pena subir a esta página de Elektra.Un beso.

Frida dijo...

http://www.reforma.com/libre/offlines/tuespacio/default
_Refblogs.htm

HOLA!!!!! ESTE ES UN LINK QUE UN FAN SUBIÓ A LA PÁGINA DEL PERIÓDICO REFORMA...VISÍTALO Y VOTA!!!!!!!

jackie ams dijo...

Hola, vaya texto! es delicioso leerte, desde que te descubrí no hago otra cosa que saborear cada una de tus líneas. Ésta no es la excepción (los gatos me hipnotizan). Tengo algunas fotos de mis ahora 12 gatos que me gustaría compartir. Te mando beso

Dirección dijo...

HOLA!!!!!!!! DE VERDAD TIENES 12 GATOS???????? GUAU!!!!!!!! COMPARTIMOS LA MISMA AFICIÓN. Yo LOS ADORO!!!!!! (pero sólo tenemos 11 por el momento, todos recogidos de la calle, maltratados, abandonados, torturados, pero ahora están tranquilos comiendo, jugando y durmiendo en paz). Saludos: Frida

Globito dijo...

Mami tienes que hacer una correcci'on, Gati no se llama Gati, se llama GATTI

Dirección dijo...

Ah! sí perdón...GATTI, DON GATTI...
MONSIEUR GATTI, SIGNORE GATTI, !MIS RESPETOS PARA EL FRANELERO MÁS PICUDO DE TODO COYOACÁN! BESOOOOOOOOOOOOOOS..........

topos dijo...

madmi...sshhh!!!!!!!! que no te oiga que le dices franelero!!!! èl cree que es su identidad secretaa!!

Anónimo dijo...

Mamuushhio!!!!

Calita dijo...

Elefantita que te mejores!!!!!!!

FridArte dijo...

REPORTE MEDICO DE ELE:
HOY HA ESTADO ESTABLE. CUANDO LA SACARON AL PATIO A:...HACER SUS "NECESIDADS", EL REPORTE DICE QUE SU PATA HA RECOBRADO UN POCO DE MOVIMIENTO (FIU!) QUE SU "·SOBREPESO" ES UNA PROBABLE CAUSA DE SU PADECIMIENTO YA QUE SE DESGASTO UNA COYUNTURA DE SU PATA. EN FIN: PARACE QUE TENDREMOS ELEFANTITA PARA RATO.

Linda Calita dijo...

MHHHHHH YA SE ME HACÍA QUE EL SOBRE PESO DE E LE FANTA! TENÍA ALGO QUE VER CON ESA RUPTURA DE PATA!!!!!!!!!!!!!!

Frida Mazzotti dijo...

ELEKTRA YA ESTÁ EN CASA...A DIETA...

Mary Loly dijo...

Hola!
Que lindos gatitos mi familia y yo también tenemos cariño a los animalitos y nos gustan mucho los gatos, aunque ahora tenemos un perro llamado Luky, un gatito llamado Gringo y esta hermoso, dos hamsteres llamados Nieve y Stuart, además dos tortugas de tierra llamadas coco y wawa que juntas hacen cocowawa, cocowawa, cocowawawa, jeje.
Me gustaría compartir con ustedes algunas fotos pero no se como.
Me da un gusto enorme saber que hay gente en este mundo que se preocupa por los derechos de los animales. Por cierto mi hija quiere estudiar veterinaria para curarlos.
Les dejo mis saludos y abrazos.

Mary Loly dijo...

Hola!!!!
Que lindos gatitos mi familia y yo también tenemos cariño a los animalitos y nos gustan mucho los gatos, aunque ahora tenemos un perro llamado Luky, un gatito llamado Gringo y esta hermoso, dos hamsteres llamados Nieve y Stuart, además dos tortugas de tierra llamadas coco y wawa que juntas hacen cocowawa, cocowawa, cocowawawa, jeje.
Me gustaría compartir con ustedes algunas fotos pero no se como.
Me da un gusto enorme saber que hay gente en este mundo que se preocupa por los derechos de los animales. Por cierto mi hija quiere estudiar veterinaria para curarlos.
Les dejo mis saludos y abrazos.

Nirvana Paz /personal dijo...

no había leido este texto, donde incluso, me incluyes. Gracias.
Me encanta compartir este amor gatuno! ojalá tuviera a la mano las fotos que llevaron a las lineas mias que aqui nombras, completarían esta colección felina...saludos carlos